Me tomo un omnibus que parte hacia el sol poniente.
A veces salto de un bus a otro y todos son distintos. Ya lo
he hecho varias veces.
Hay buses grandes y chicos, proletarios y ricos.
Los hay revolucionarios y conservadores. Los hay sobrios y
también otros en los que hasta el conductor va borracho.
Los buses lentos me aburren y me descomponen, me dan ganas
de vomitar.
Los buses rápidos no aburren, pero temo llegar a mi destino
demasiado rápido.
Aún no he encontrado un bus que me conforme.
A veces miro triste al cielo por la ventanilla y me pregunto
si no habrá otra forma de viajar.
También a veces me siento cansado de los mareos, de mear
incómodo en el baño del bus, de caerme por el pasillo tras una frenada violenta
del conductor, de estar siempre tratando de vender caramelos a los pasajeros,
de cederles el asiento a las ancianas, los pedos, las conversaciones tontas de
los pasajeros…
Me dicen que mi bus no es tan malo en realidad. Que hay
algunos en los que se pasa frío y hambre, en los que uno va siempre parado.
Buses cárceles. También buses de lata con techos de cartón.
Pero a veces el cansancio se acumula y hasta he pensado en
abrir la ventana y tirarme por ella. No: aún no he llegado a mi estación.
También a veces duermo profundamente y me doy cuenta que el
bus recorrió un montón de kmts mientras yo dormía.
El bus no se detiene nunca…
Comentarios
Publicar un comentario